Compreder el lenguaje no verbal, siempre ha sido uno de mis mayores intereses sobre las personas. Aquí dejo un fragmento del último libro que estoy leyendo de Jean M. Auel (al final he vuelto a caer en el vicio de leer estas novelas), el cuarto volúmen de Los Hijos de la Tierra, titulado Las Llanuras del Tránsito, en el que se haya un referente de hace más de 10.000 años, sobre las supuestas diferencias de lenguaje entre Neandertal y Cro-Magnon, que me resulta cuando menos curioso por su alusión al tema que menciono:

“Los que habían criado a Ayla, el pueblo llamado de los cabezas chatas, que se autodesignaban con el nombre de Clan, se comunicaban con profundidad y exactitud, aunque no principalmente con palabras. Pocas personas advertían que en realidad poseían una lengua. Su capacidad de expresión era muy limitada, y a menudo se les desacreditaba, afirmando que eran inferiores a los humanos, animales que no sabían hablar. Utilizaban una lengua de gestos y signos, pero no por ello ésta era menos compleja.
La cantidad relativamente reducida de palabras utilizadas por el Clan, dependían de un tipo peculiar de vocalización y solían usarse para subrayar algo o para mencionar los nombres de las personas o las cosas. Los matices y los detalles más sutiles del sentido se indicaban mediante la actitud, la postura y los gestos faciales, que conferían profundidad y diversidad a la lengua, exactamente como sucede con los tonos y las inflexiones en el lenguaje verbal.
Pero al utilizar medios tan directos de comunicación, era casi imposible expresar una mentira sin revelar el hecho; no podían mentir.
Ayla había aprendido a percibir y compreder las sutiles señales del movimiento corporal y la expresión facial mientras aprendía a hablar con signos. [...] Cuando estaba reaprendiendo a hablar verbalmente con Jondalar, y adquiría mayor fluidez con el mamutoi, Ayla descubrió que percibía las señales involuntarias contenidas en los leves movimientos faciales y la postura incluso de la gente que hablaba con palabras, aunque el propósito de dichos gestos no era representar una parte de lo que se decía.
Descubrió que comprendía más que las palabras, aunque esto al principio le causaba cierta confusión y un poco de inquietud, porque las palabras pronunciadas, no siempre coincidían con las señales emitidas, y ella nada sabía de las mentiras. Lo que más se podía aproximar ella a la negación de la verdad era abstener de hablar. [...]
Pero cuando llegó a entender el humor -que generalmente dependía de que se dijese una cosa que en realidad significaba otra- de pronto aprendió el carácter del lenguaje hablado y de la gente que lo usaba. Entonces, su capacidad para interpretar las señales inconcientes agregó una dimensión inesperada a sus habilidades verbales en desarrollo: una percepción casi misteriosa de lo que la gente realmente quería decir. Esto le concedió una ventaja poco común. Aunque ella misma no sabía mentir, excepto por omisión, por regla general captaba enseguida cuándo otro no decía la verdad.”