Sólo había una tienda abierta a esas horas de la noche. Una tienda de comics. Entré, pero no había nada. El suelo y tres de sus paredes eran blancas, la otra era verde oscuro, y delante de ella había un dependiente sentado en una silla con tenía las manos entrelazadas bajo la barbilla. Apoyaba los codos sobre una mesa de madera oscura. De noche no podía hablar. Él no me lo dijo, pero yo lo sabía. No movía la cabeza, pero me miraba de reojo. Hizo un ademán con la mirada invitándome a mirar a la pared de la izquierda. Ahora había tres oquedades verticales, como para tres puertas. Como de un metro de profundidad en vertical cada una, y en cada una había una lápida en el suelo. Éstas estaban inundadas de agua. Tenía que elegir una de las tres y elegí la de la derecha. El agua se retiró, y también la lápida, dando paso a unas escaleras que bajaban. Cuando llegué al último escalón, apareció ante mí una gigantesca nave vacía para aviones. En el centro del suelo gris había una vía de tren de medio metro de ancho aproximadamente. Empecé a recorrerla y vi que al fondo, la vía terminaba en otras escaleras, pero que esta vez subían. Empezó a apacer gente. Unos seguían la vía como yo, y otros sólo caminaban junto a ella. Una mujer delgada y alta de unos 50 años, con cabello negro que le llegaba a los tobillos, me seguía y apoyó su cabeza en mi hombro izquierdo. Se reía de manera molesta. Le dije que se apartara, y ella comenzó a volar. Se acercaba a mí como un insecto muy pesado y cada vez se hacía más vieja. Le dije que si se portaba bien, le devolvería su juventud. Se calmó y así lo hice, la mujer volvío a ser joven. Llegué a las escaleras y las subí. Antes de abrirla pude distinguir la gran cantidad de luz que había tras ella. Entré, y aparecí en mi habitación de mi antigua casa en Pedregalejo. Era verano. Por la puerta se asomó mi hermana diciendo que llegaríamos tarde al parque de atracciones. Llegamos frente a la montaña rusa. Los railes eran rojos. Comenzamos a dar vueltas. El sol brillaba intensamente, pero deseé bajarme, porque los railes me recordaban a la gigantesca nave en la que caminaba sobre los railes.
Al despertar, tenía el pulso acelerado y una sensación desagradable de miedo que poco a poco fue desapareciendo a pesar de que el sueño no terminó de manera horrible.

Miedo, destrucción y lágrimas…
Sólo un mal sueño